LA
POLTRONA DEL RELATIVISTA
La
nueva civilización del siglo XXI trae como personaje central al relativista que
se ha ido deslizando hacia un status
que a primera vista parece cómodo y tranquilo, pero conforme pasa el tiempo,
cuando las cosas se le van complicando de una manera inesperada, e incluso sorpresiva, no sabe qué hacer,
y puede caer en una severa depresión.
Además
resulta que relativistas son miles o
millones de personas que, aunque no se lo
crean, no han conquistado un nuevo sistema de vida sino que se han
deslizado o se han dejado caer en una especie de estuche, o trinchera, donde
les parece estar seguros. Su lema podría ser: evitar compromisos y no
complicarse la vida.
Quienes
tienen cierta solvencia económica (muchos
se han visto privados de ella) pueden sentarse en una poltrona para
descansar oyendo música y saboreando unas chelitas
o un buen wisky de etiqueta, solos o acompañados. Suelen ser personas que procurarán
limitar al máximo sus responsabilidades para tener “tiempo libre”, pensando que
tienen libertad cuando pueden hacer lo que le da la gana con su tiempo sin
mayores compromisos. Se cuidan de no quedarse atados, ni con nadie ni con nada, para disfrutar de las bondades que, por ahora, les da una acariciada
“independencia” que poco a poco se ira convirtiendo en soledad, que puede ser
incluso grata en sus inicios, pero después ya no.
El
relativista de marras, por la presión social, se vería obligado
a renunciar a ciertos criterios que responderían a la moral objetiva, (la que marca las diferencias entre el bien
y el mal); y si los tiene, no quisiera manifestarlos externamente, prefiere
guardárselos para no contristar, porque así podría parecer abierto y tolerante
con todas las personas, sin hacerse problemas para respetar las distintas opciones
de vida que elijan. Por este motivo, hace
feo a las censuras o a intervenciones en la vida de otros; suele estar
contra la violencia, aunque puede gustarle películas de acción con muchas balas
y sangre, o las noticias amarillas de
los diarios que cuentan historias escabrosas.
La
mayor parte de relativistas son de aquellas personas que viven
criticando conductas de los que a
su criterio se portan mal, pero no hacen nada para corregirlas; siguen en su
inacción buscando siempre lo más cómodo, lo que creen que es “seguro” y lo placentero.
Es
lógico que tengan temor de aconsejar a sus hijos y a sus amigos, para no
parecer intolerantes o impositivos. Prefieren callar y no decir nada hasta que
llega el día en que explotan y rompen hasta lo más sagrado, luego lloran sobre
la leche derramada sin que se llegue
a ninguna solución que indique una conquista de algo mejor.
Generalmente
se observa en sus vidas, de un modo casi habitual: deslizamientos y caídas por asuntos banales, huidas de compromisos y
deberes, separaciones por preferir ir por cuenta propia, inacciones: lavarse
las manos y no sentirse comprometidos, permisivismo: dejar que cada uno haga lo
que quiera, dar una imagen de “tolerancia”, junto a desánimos o
desesperaciones; dejar que crezca una bola de nieve y se junte con otras, para
hacer un alud, que caerá causando estragos.
Algunos
de estos relativistas, para tranquilizar
sus conciencias, dicen que en política son partidarios de
las izquierdas, unos porque está de moda y otros porque creen que la “preocupación social”, que dicen tener, (muy sesgada por cierto), es el
auténtico amor al prójimo que reclama el cristianismo, sin entender lo que es y
significa la Iglesia en el mundo, ni la prédica de la verdad que hace Jesucristo
y que luego encargará a sus sucesores para difundirla por todas partes.
Dicen
aceptar todas las opiniones y la propia la dogmatizan
otorgando siempre, en un ambiente de permisivismo liberal, una patente de corzo para que sus hijos
actúen sin complejos, tragándose el miedo para no quedar mal ni con ellos, ni
con el consenso general de la
época. Prefieren no hablar de los temas espinosos y dejar que cada uno haga lo
que le parezca. Su irresponsabilidad es tan grande como su cobardía. Después
vienen las consecuencias.
La
permisividad como mentalidad expulsa al responsable que quiere arreglar las
cosas y al mismo tiempo aumenta el desorden con la informalidad generándose una situación de caos y
abandono. Todo se vuelve desagradable y para no reconocer los propios errores
se le echa la culpa a lo formal y a lo ordenado, a las leyes que señalan el
camino correcto.
Con
esta mentalidad es fácil
sumergirse en la mentira, y quedar impregnados por ella perdiendo la
noción de lo real y sin otra opción que huir hacia lo placentero, que suelen
ser las diversiones a todo meter. El exceso de diversiones es como la droga
para huir de una realidad caótica y desagradable.
Desde
los años 60 ha ido creciendo en el mundo un proceso de descomposición moral que
ataca fundamentalmente a la familia y crea una multiplicación de situaciones de
infidelidad y rupturas de compromisos como si fuera lo más normal del mundo y
no pasara nada. La gente la pasa
muy mal.
Los
que han nacido después de los 60 han tenido una presión social con fuertes
ofertas de materialismo que ha influido en sus vidas al punto de estar
convencidos de tener necesidad, ellos y
todos, de buenos espacios para la diversión, o dicho en otras palabras: les
parece que todo debe ser divertido y piensan que de no ser así se caería en un
aburrimiento existencial.
Esta
mentalidad ha ingresado incluso en algunos programas educativos, y la sustentan
algunos psicólogos, que piensan más en contentar a sus clientes y así resolver
sus problemas, que en el conocimiento real de la antropología del ser humano,
que llevaría a decirles la verdad y no engañarles con una “solución” de escaso
tiempo. Quienes caen en los efectos del relativismo contemporáneo podrían estar
incapacitados para entender el amor al sacrificio y a la cruz de los
cristianos. Amor auténtico que les hace perseverar siendo fieles a sus
compromisos. Allí está la clave para lograr auténtica felicidad que se busca.
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