jueves, octubre 24, 2013


Para correr con la Iglesia
LA NUEVA MARCHA DE LOS TIEMPOS

Un automóvil antiguo puede ser valorado como una belleza por su estética, por los costos de su elaboración y por la nostalgia de los recuerdos en la época en que circulaba. Los carros de hoy poseen una tecnología más avanzada, son más veloces y funcionales  y han superado en muchos aspectos a los antiguos.

La presencia de un carro antiguo en las pistas es una originalidad que puede ser simpática pero  también peligrosa. Los tiempos han cambiado y esos carros antiguos no deben competir en las pistas con los actuales. Es igual que en las competencias deportivas, una persona mayor ya no puede competir con los más jóvenes, debe saber dar un paso al costado.

Dice el Papa Francisco que hoy es necesario en la vida ser brújula y veleta. Brújula para ir siempre hacia el norte de lo que Dios pide a los hombres y veleta para saber por dónde vienen los vientos. La verdad hay que llevarla pero no tirarla de cualquier manera, la veleta nos dirá el sistema y el momento conveniente para comunicar la verdad y el sistema adecuado de transmitirla. La veleta  indica  a los aviones si es conveniente aterrizar o no, y les dice también por dónde deben entrar. La veleta es la que orienta al hombre de hoy para que encuentre el mejor sistema de dirigirse a los demás.


No resistirse a los cambios

Los tiempos avanzan cada vez a más velocidad y eso hace que los cambios sean más frecuentes. A las personas mayores y a las que han tenido una formación fuerte, tal vez unida a situaciones más duras, como guerras o tiempos de escasez, les costará mucho más los giros que se están dando en los tiempos actuales. Existen mentalidades congeladas y bien arraigadas a costumbres de épocas pretéritas que no admiten fácilmente los cambios y anhelan el retorno, incluso  de todo el mundo, a lo que ellos siempre aprendieron y vivieron.

El Papa Francisco, enviado por la Providencia para estos tiempos, hace ver esta realidad y la explica con muchos ejemplos.

Hoy, para andar en la Iglesia, no sólo hay que mirar hacia delante, también es importante ver a los costados para establecer las relaciones humanas necesarias para seguir avanzando. En las épocas pretéritas quizá bastaba mirar el camino y andar para adelante arengando a los demás para que hagan lo mismo. El que quería seguía y el que no quería se quedaba postergado o cogía otra ruta distinta y tal vez opuesta. Así se avanzaba por los diversos caminos, sin una mayor comunicación, incluso ignorándose unos y otros. Además cada uno poseía una personalidad fuertemente marcada por un sistema de caminar exclusivo. Quien optaba por ese camino aprendía ese modo de andar como algo fijo que no debería cambiar.


El amor a la variedad dentro de la unidad

Hoy no cabe para ninguna persona un sistema único de caminar. Dentro de los caminos, que no son pocos, hay modos diferentes de andar.  En esta época la variedad consiste en que es necesario mirar a los lados para conocer bien esas diferencias. La educación está dirigiéndose, necesariamente, a la atención de las grandes variedades y diversidades que existen entre los seres humanos. Ya no se recorta a la gente con la misma tijera ni se hace pasar a todos por el mismo  aro. 

Una de las consecuencias de haber permanecido en esquemas antiguos de funcionar es el individualismo, que se presenta como una reacción del hombre que se escapa de ser encorsetado en unos modos o moldes fijos, que antes todos aceptaban y  ahora ya no. El hombre de hoy, por las circunstancias de la época, interpreta esos modos como autoritarios y de presión, (por ejemplo: los colegios que obligaban a rezar el rosario o a ir a Misa a todos sus alumnos y todos lo veían bien. En los tiempos actuales no es aceptado por nadie).

Hoy, más que nunca, es necesario fijarse, conocer e interesarse por todos, para no dejar a nadie en la periferia, para no ser personas que subrayan mucho el partidismo, que es una especie de nacionalismo doméstico que a su vez crea un espíritu de grupo cerrado y poco inteligente para los objetivos de la reevangelización.

Tener en cuenta a los otros no significa mezclarse o entrometerse, o perder la intimidad, es conocer bien al prójimo, que es el principal conocimiento que debe tener el ser humano. Un conocimiento que  será consecuencia  de la comprensión y del amor, que son propios de la caridad que tanto reclamaba el Papa Benedicto para las relaciones humanas, que se habían convertido en relaciones de oferta y demanda. El conocimiento de la caridad está lleno de salud y de alegría, da muchísimas satisfacciones al que lo tiene. Es poder querer de verdad, dando la mano y ayudando a muchos. Es acercarse y vivir junto a los demás para hacerles la vida agradable. Allí está la libertad.

El mundo padece la grave crisis de la falta de conocimiento del prójimo. Se debe a una mala relación entre los seres humanos, que persiste, a pesar de los avances tecnológicos con sofisticados aparatos para comunicarse, en los hogares y en los trabajos.

Amar es conocer y conocer es amar

La Iglesia siempre ha ido por delante para que los hombres, amando a su prójimo, conozcan mejor la realidad de sus propias vidas, costumbres, ambiciones e ilusiones. La Iglesia es cada vez más católica porque es universal, abre siempre sus puertas a la variedad, que en estos tiempos, ha crecido de modo notable.

La apostolicidad, nota característica de la Iglesia, incluye la inculturación que está a la vanguardia de la inclusión, tan reclamada en estos tiempos modernos. La inclusión no debe quedarse en el primer escalón de la tolerancia. La inculturación  es admitir las costumbres sanas de los hombres para que todos podamos amar esa variedad de culturas que hay en el mundo para enriquecer los conocimientos y mejorar las relaciones humanas.

La caridad, que predica la Iglesia desde tiempos de Cristo, supera con crisis a la débil tolerancia meliflua de un humanismo sin Dios, que termina yendo contra el hombre. Muchas tolerancias de hoy son arreglos superficiales para pintar la escenografía teatral del llevarse bien; esta actitud está más cerca de una diplomacia que tolera la hipocresía, que de la sinceridad del respeto y la estima real de las personas. Nadie se puede llevar bien si se cubre con la mentira de lo que es degradante.

Quitar lo que divide y acercarse a la gente
La nueva marcha para andar con la Iglesia en los tiempos actuales, exige de cada uno el esfuerzo por acercarse más a la gente y caminar con ellos. Para esto es necesario abandonar moldes obsoletos que impiden estos acercamientos.
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