Los
signos cristianos en el hogar
LAS CRUCES, LOS
NACIMIENTOS Y EL TELEVISOR
El cuarto de mi abuelo parecía una capilla
conventual, frente a su cama había colocado una urna con la estatua del corazón
de Jesús y muchas estampas pequeñas al lado, que serían las que le iban dando y
él las dejaba allí para rezar de vez en cuando con ellas; más arriba, colgado
en la pared, lucía un hermoso cuadro de la Virgen María, del arte colonial
cuzqueño y en el otro extremo de la habitación, cerca de un escritorio pequeño
y encima de una mesita, descansaba, en una peana circular, un crucifijo negro y
vistoso, que invitaba a la piedad.
Él era contralmirante de la marina de guerra del
Perú, padre de una familia numerosa y un devoto caballero cristiano, de Misa
dominical y comunión frecuente. En sus últimos años formó parte de la orden de
los Caballeros de Colón.
Así cómo mi abuelo, muchos limeños, de
principios del siglo XX, tenían en sus dormitorios objetos religiosos que
motivaban la piedad: un cuadro de la
Virgen o de algún santo, la fotografía del Papa actual, un crucifijo o el
rosario en la mesa de noche y los que habían recibido de Roma, por algún
aniversario, la bendición papal, la lucían en un cuadro, que también estaba colocado
en algún lugar al alcance de la vista.
No sólo el dormitorio estaba decorado de ese
modo, también en la sala y en los pasillos aparecía alguna medalla, un relicario, la estatuilla de algún santo, o una vela
votiva; todo lo que hiciera falta para conseguir que los miembros de la
familia se sintieran protegidos por la divina providencia.
Esta tradición pasó a la generación siguiente.
Mis padres y los papás de mis amigos procuraban igualmente para sus hogares,
una decoración cristiana: crucifijos en
los cuartos, el cuadro de la última cena en el comedor, la palma de olivo, que
se recogía de la parroquia el domingo de Ramos, colocada en algún lugar visible
y por supuesto en la Navidad no podía faltar el nacimiento en el mejor lugar de
la casa. Las fiestas y las celebraciones cristianas se vivían con mucho
entusiasmo y en un clima familiar de unidad y libertad.
Nadie se sentía coaccionado con esas
manifestaciones y celebraciones cristianas, era normal y natural vivir las
fiestas del catolicismo juntos y en familia, sintiéndonos protegidos por las
imágenes que habían en nuestros hogares. Recuerdo que me daba mucha
tranquilidad, cada vez que salía de mi casa, ver que la puerta estaba
resguardada con la estampa de un santo, para que los ladrones no entraran. No
habían rejas ni cerco eléctrico, sólo había una estampa vieja y gastada. Que yo
recuerde nunca hubo un robo.
Eran también gratísimos los días cercanos a la
Navidad cuando sacábamos las cajas para armar el nacimiento. Cada año había una
novedad, alguna pieza nueva, un misterio más grande, una mejor iluminación,
otra estrella, un corderito más, un cerro más alto... Todo contribuía para
vivir con paz y alegría esos días inolvidables de intensa unidad familiar.
La
presencia de la piedad cristiana en los papás
Esas manifestaciones de fe, de tradición
hogareña, eran sencillas y discretas, nadie las veía como una imposición.
Nuestros padres expresaban sus convicciones religiosas de un modo natural y
todos vivíamos las fiestas y los acontecimientos religiosos con cariño, respeto
y alegría.
Recuerdo, como si fuera hoy, cuando fui con mis
padres a un congreso eucarístico celebrado
en Lima, yo tenía solo 6 años, me impresionó gratamente la piedad de la gente y
ver rezar a mi mamá con mucha devoción. Ella, que era muy piadosa, en octubre
se ponía el hábito del Señor de los milagros, a nosotros nos parecía natural,
como si fuera algo propio de todas las mamás, pensábamos que ella era muy buena
rezando y haciéndonos rezar, además a todos en la casa nos gustaba ver la procesión
cada año y comentábamos nuestros asombros con mucho respeto y veneración. Nunca
nos sentimos forzados, al contrario, vivíamos felices sin que existieran
alternativas distintas; tampoco, gracias a Dios, oíamos cuestionamientos a esas
costumbres que se repetían anualmente.
La
libertad en los ambientes cristianos
Cuando era niño me
enteré que algunas familias tenían, para
envidia nuestra, una capilla en su casa, ¡una Iglesia dentro de una casa!, ¡me parecía grandioso! A esas
edades pensaba, de un modo natural, que todos deseaban el privilegio de tener
una capilla en su propia casa. No es raro encontrar todavía en alguna casona
limeña un lugar destinado a la capilla.
En los colegios la tradición de la casa
continuaba: el crucifijo o un cuadro del corazón de Jesús o de la Virgen lucían
en la pared del aula, junto a las fotografías de los héroes nacionales y al
lado de los mapas y las laminas de biología y botánica que estaban al costado
de la pizarra.
Las fiestas cristianas también se celebraban por
todo lo alto, al menos en los colegios religiosos, aunque también en los
estatales, por ejemplo en mi colegio, para el Corpus Christi, los niños colaborábamos en la preparación de los
altares y de las alfombras de flores y aserrín, y esperábamos el momento emocionante
de la procesión para ver pasar al Señor bajo palio, presente en la Custodia,
que llevaba el sacerdote de un altar al otro hasta que volvía al Sagrario.
Empleábamos toda una mañana entré la preparación, la santa Misa y la procesión,
al final terminábamos exhaustos y hambrientos, porque para comulgar había que
ayunar desde el día anterior. Nunca protestamos, además al final de la mañana
todo era compensado con un potente desayuno: chocolate líquido, un chancay doble y un sublime grande; con esa
ración todos quedábamos felices y nadie se quejaba. Recuerdo que para esas
fiestas todos comulgábamos. Los sacerdotes se habían encargado antes de
confesarnos. Así era nuestra libertad, participando en una tradición cristiana
que nos envolvía y nos hacía muy felices. Hoy recordamos esos momentos con
nostalgia.
La llegada
del televisor a las casas
No hace mucho un conocido mío, muy buena gente,
me enseñó su nuevo departamento. Se iba a mudar allí con su esposa y sus
cuatros hijos. El edificio moderno tenía cerca de 20 pisos, el ascensor llegaba
hasta el living que estaba decorado con pinturas abstractas de diversos
colores, que hacían juego con los sillones, que estaban colocados frente a unos
enormes ventanales que daban a un gigantesco parque. La vista era muy hermosa.
La terraza junto al living y al bar se usaba como comedor, en el verano
corriendo unas persianas quedaba al aire libre, la cocina en cambio era
pequeña, ocupaba un rincón al lado del lavadero y de la puerta falsa. En cada
uno de los cinco dormitorios había un enorme televisor de pantalla plana,
adosado a la pared frente a la cama, y en las paredes la decoración variaba,
los papás tenían unos cuadros de caballos y los chicos pósters de diversos
cantantes y de corredores de autos. En la casa no habían crucifijos, ni cuadros
de la Virgen, tampoco tenían el nacimiento para la Navidad.
Después de ver todo eso sentí una profunda
tristeza, que tuve que disimular, porque mi amigo estaba orgulloso y contento
de la nueva casa que había conseguido para su familia, no era el momento para
decirle que faltaba en la decoración alguna imagen que recordara que Dios está
presente en la vida de todos y especialmente en la familia y que quitara los
televisores de los dormitorios para que los que vivan allí no corran el peligro
de perder su libertad, como ya ha pasado en varios casos. Aunque las decisiones
dependen de cada uno siempre es bueno que nos ayuden a tomarlas correctamente, (sobre todo en la casa), porque no
siempre estamos en condiciones de tomar una buena decisión. Es de sentido
común. Pero en este caso, mis consejos los tuve que guardar para otra
oportunidad, aunque veo que va a ser difícil que entienda. En esta época de
relativismo son pocos los que entienden lo que es la auténtica libertad.
Además cuando llegué a mi casa me puse a pensar,
recordando lo que ocurrió en muchos hogares desde que el televisor entró,
primero al líving y después a los
dormitorios. El televisor es indudablemente un gran invento, se podría hacer
mucho bien a través de una buena programación. Pero, ¿Qué fue lo que ocurrió en los hogares desde que llegó el televisor? En
muchas casas se perdió la tradición cristiana, en la medida en que el televisor
ingresaba con más aplomo, los objetos de culto empezaron a salir o se
convirtieron sólo en elementos para la decoración y no para la piedad, después,
la vida familiar se deterioró, ya no se conversaba en casa porque todos estaban
ocupados viendo sus programas preferidos. La vida de familia fue desapareciendo
poco a poco de muchos hogares, con las excepciones del caso.
Que pena que los familiares de mi amigo no se
encuentren en la propia casa con una imagen de la Virgen para poder verla y
decirle algunos piropos o para sentirse protegidos por su admirable maternidad,
o que no pudieran en el dormitorio contemplar a Jesucristo en la Cruz que se
entregó por nosotros y luego nos invitó a seguirle, para que seamos libres y
felices en la tierra y luego poder conquistar la eterna felicidad del Cielo.
Que pena que los hijos de mi amigo no puedan sacar cada año las cajas donde se
guarda el nacimiento para armar el Belén, con ilusión, cada Navidad. Cuantas
cosas maravillosas, que son un verdadero tesoro se están perdiendo, cuando se
quitan de la casa los tesoros de nuestra religión.
Yo me pregunto ¿hay ahora más libertad? cuando se ve a la gente aislada, apurada,
metidas en sus propios mundos, donde cada uno quiere ir por su cuenta. Cuando
se ve que algunos ni se hablan, y otros están peleados, otros no aguantan y se
mandan mudar, ¿son acaso más libres?
Encerrarse sólo a ver televisión en el propio cuarto ¿es ser libre?. ¿Se puede ser feliz así? ¿no se está perdiendo la
comunicación familiar?
¿No
habremos ido al revés? Me parece que las cosas hay que arreglarlas; ahora todo el
mundo dice que la familia está en crisis. La crisis no consiste sólo en los
odios y rencilla que llevan a la violencia familiar, también se puede decir que
hay crisis cuando en la casa existe complicidad para el egoísmo, la frivolidad
y la pereza, cuando se cambia la disciplina por el permisivismo y cada uno se
encierra, con sus engreimientos en su propia individualidad. Estas crisis si no
se combaten son como un cáncer que destroza los hogares y deja a las personas
en una triste soledad.
No se
puede vivir sin Dios en ninguna parte
San Josemaría Escrivá decía que "se ha expulsado a Dios de la sociedad
como si fuera un intruso" y que hoy "mucha gente vive como sí Dios no existiera". Si han
expulsado a Dios de la sociedad, es porque antes lo han expulsado de la casa y
si lo han expulsado de la casa, es porque antes lo expulsaron del propio
corazón.
El papa Benedicto XVI decía que lo que hace
falta en la sociedad es Dios, "con
Él no se pierde nada, se gana todo" y el papa Francisco pedía a los
jóvenes en Brasil: "allí donde no
hay fe, ¡pon fe! y tu vida tendrá un sabor nuevo" Seamos sinceros y
volvamos a meter a Dios en nuestros corazones, para que esté en nuestras casas
y la sociedad se vuelva nuevamente cristiana.
Cuando nos encontramos en el umbral de la
Navidad no está demás repetir que: No hay Navidad sin Jesús. Tampoco
tiene sentido una casa, un hogar, sin la presencia de Dios. Para que Dios esté
dentro de las casas debe estar antes en los corazones de las personas. Solo así
puede encontrar el hombre su verdadera libertad y la consiguiente felicidad.
A todos mis amigos en estas fiestas de Navidad
les propongo: ¡Pongan a Dios en sus
corazones para que lo tengan en casa con toda la familia!
Con el calor de Jesús, María y José, que tengan
una ¡Feliz Navidad!
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