El abuso de los grandes
LA
IRA DE LAS NUECES
Un año de cárcel le
costó a la hija del dueño de una importante compañía aérea por hacer un
escándalo al interior de un avión que estaba por decolar. La ira fue tan grande
que obligó a la tripulación, para que el avión que estaba en el inicio de
la pista, retornara a la zona de embarque,
porque la señorita dueña
quería expulsar de la nave a la azafata que había cometido el “grave error” de entregarle las nueces
que apetecía en una bolsa de plástico y no en un plato como lo mandaba el
reglamento.
El escándalo, con gritos apabullantes, humilló a la
azafata que se sintió maltratada y minimizada delante de los tripulantes, que
también resultaron afectados por la ira descomunal de esa señorita, que en ese
momento era la autoridad. Por otro
lado, los pasajeros, molestos por el
retraso y la falta de información, dejaron constancia de sus quejas. Luego
vinieron las consecuencias: denuncia, juicio y condena.
El
castigo de la ira y del maltrato
Aunque la sentencia
sonaba a la ley del talión, muchos se
alegraron del castigo y de la humillación que recibió el día del juicio la
engreída hija del dueño. Ahora, con el año en prisión, aprenderá a
respetar y a tratar bien a las personas, aunque éstas cometan errores.
No es el propósito de
este artículo analizar si la pena que se le dio fue muy dura o no. Quisiéramos
detenernos en el cuadro de la ira y del escándalo que armó esa señorita por una
nimiedad. Tuvo una reacción que parece propia de
personas que se creen investidas de
poder y piensan que el personal contratado tiene que someterse a sus caprichos o a los vaivenes su estado de
ánimo.
También resulta indignante
el abuso de quien actúa de una manera injusta, con unas exigencias descarnadas, crueles y desproporcionadas,
que maltratan torpemente a un
subalterno. Nadie está para recibir los gritos
destemplados de una autoridad prepotente. Se puede levantar el tono voz
para aclarar algo o para arengar a una persona animándola a ser más audaz; lo
que no se debe hacer es chillarle a
alguien para dejarlo herido por algo que no hizo bien o para pedirle un antojo del momento, que va más allá
de las normales exigencias de su trabajo. Ninguna persona merece el maltrato de
otra por muy grande que sean sus errores.
Los
nefastos enfados de los “poderosos”
En el cuadro que hemos
presentado podemos observar la actitud de una persona engreída que hace un escándalo descomunal por una tontería, sin que le importe en absoluto
maltratar a la persona que cometió ese “error” expulsándola además de su trabajo.
Lamentablemente en esta
época existen muchos “dueños” que creen
tener un poder ilimitado que les da derecho a gritar y a hostigar a sus empleados si no rinden como ellos quisieran.
Los enfados de estos jerarcas tienen
en jaque a los subalternos que
procuran llevar la fiesta en paz,
para no perder su puesto, agachando la
cabeza sin atreverse a cuestionar la iracunda conducta de su jefe.
Muchos de estos
intocables “poderosos” acaban pensando que los que trabajan con él
siempre hacen las cosas mal, y como nadie los corrige se sienten llamados a
intervenir para poner “orden”. Sus empleados deben cumplir con sus trabajos y
nada más, “¡para eso se les paga!” y
si no cumplen “¡que se vayan de
inmediato!”
Hablan así cuando
pueden tener “la sartén por el mango” para
hacer con las personas lo que les da la gana, (sin que les pase nada a ellos; se
sienten protegidos por el dinero o por un prestigio que conquistaron en sus
relaciones profesionales), se sienten tan seguros que les trae sin cuidado, y no les preocupa, dejar a un trabajador
en la calle, sin que les importe la situación de su familia, o si está enfermo
o sano. Estos “propietarios” que
deciden sobre los demás como si fueran los dueños de las personas, son también utilitaristas que solo quieren conseguir
un beneficio para ellos, o para su propia empresa.
Usan
el poder para tener esclavos a su
servicio
Cuando se sienten “subidos en el trono”, es fácil que el
trato que tengan con los subalternos sea despótico
y agresivo, con lisuras, insultos, o
la ironía de una burla humillante para ridiculizarlos delante de los demás;
algunos suelen levantar la voz con un lenguaje soez, maldiciendo a diestra y siniestra, y dejando por donde
pasan una estela de constante desagrado.
Otros lo hacen en
silencio, haciendo pasar a la gente por
el aro de una exigencia
desproporcionada. A estos personajes los encontramos en todos los ambientes
laborales: catedráticos que siempre jalan
a sus alumnos y creen que exigiendo de un modo exagerado, para que le tengan miedo, van a manejarlo
todo como ellos quieren. Son además, sádicos
porque gozan haciendo sufrir a sus
alumnos; también ocurre en el campo de la medicina con las grandes “eminencias” que les “gusta” presentarse
severos y duros con sus subalternos y en las fuerzas armadas y policiales este
tipo de abuso es bastante frecuente.
Denunciar
sin miedo los abusos
Clama
al Cielo que estos “poderosos”
continúen con su nefasta conducta sin
que nadie haga nada para evitar las injusticias que cometen haciendo sufrir a
la gente. No son pocos los que se encuentran pisados por una situación laboral dominada por un prepotente.
Urge eliminar estos
ambientes de “jefes” abusivos que se aprovechan de las necesidades laborales de sus empleados
para tenerlos presionados y obligados a servirles en sus caprichos y manías. No
hay que tener miedo de denunciar estas anormalidades
para retorne un clima paz y de buen trato.
El castigo de un año de
prisión por la ira de las nueces habrá
hecho pensar a más de uno.
Las
virtudes necesarias para la finura y delicadeza de los jefes en el trato con
los subordinados
Los cargos altos deben
ser ocupados por personas que se distingan por su finura y delicadeza en el
trato con los demás y que saben tener afecto y estima por las personas. Ningún
Jefe debe subirse a un pódium para
sentirse en un nivel superior con respecto a sus subalternos, al revés, debe
ponerse de alfombra para hacer más
grato el camino de los suyos.
Para conseguir esos
objetivos es necesaria la humildad, la sencillez y la generosidad, virtudes imprescindibles
para servir a los demás en un clima de paz, de buen humor y de alegría, sin que
falten las exigencias necesarias para hacer bien los trabajos.
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