viernes, noviembre 05, 2010

En el mes de los difuntos

EL ARTE DE MORIR

Se muere como se vive. Para aprender a morir hay que aprender a vivir. Los que aman la Vida son los que mejor saben morir, porque mueren para Vivir. Los grandes maestros de la vida son también los de la muerte. No se puede vivir sin tener en cuenta la realidad de la muerte. Esta está inserta en el programa de todo viviente y no se puede prescindir de ella.

Aunque la muerte sea algo sencillo y natural, causa estremecimiento y rechazo en las personas, es un trago amargo, algo difícil de calibrar, que produce reacciones muy diversas en los seres humanos.

Para el que ama la Vida, la fe de seguir viviendo es una prolongación de su querer, el amor que lo arrastra desde arriba es un amor que lo está esperando con verdadero gozo y quienes están a su lado con la misma fe le dirán: “hasta luego, nos veremos dentro de poco”. Así el morir se convierte en un tránsito hacia una vida mejor con una compañía de primer nivel.

La inseguridad de la debilidad humana

Cuando la preparación para la vida se ha quedado en lo efímero y caduco, la realidad de la muerte resulta terrible, tanto si se rechaza, por el miedo de morir, como si se acepta con una desesperanza depresiva. Los cálculos que hacen, los que no creen en la Vida, para ese trance difícil del morir, sea o no sea doloroso, se convierten en verdaderos laberintos, y surgen habitualmente reacciones desproporcionadas que producen conflictos.

Es triste observar en estos tiempos, de relativismo, los cuadros que presentan quienes, por una grave enfermedad, desean acercarse a un suicidio asistido o a la Eutanasia, por miedo a sufrir antes de morir. Las cavilaciones que hacen, con una buena dosis de angustia o desencanto, desembocan en la creación de ambientes inseguros, donde están ausentes la serenidad y la alegría: excesos de nerviosismo, preocupaciones delirantes, carencia de lucidez, criterios extravagantes. Un ambiente maquillado donde no se oyen los consejos oportunos de las personas que tienen esperanza y amor.

Algunas veces no es la persona enferma quien crea esos ambientes, sino los familiares o el personal médico y de salud que buscan una solución rápida, que luego termina siendo inadecuada y desproporcionada. Los médicos quieren acabar con el tema y los familiares, imbuidos de una falsa compasión, sufren más que el paciente sin poder soportar el peso de esas circunstancias de dolor.

Cuando falta amor no se soporta el dolor

Cuentan que un homosexual que había contraído matrimonio con una persona de su mismo sexo no podía soportar que su pareja estuviera muriéndose de sida y hacía todo lo posible para que le aplicaran la eutanasia. En cambio la pareja enferma, que se encontraba en el umbral de la muerte, estaba evaluando la oportunidad de pedir perdón por su vida desordenada y convertirse a la vida cristiana.

Una situación terrible y dramática al mismo tiempo, porque ellos, que no habían conocido el amor verdadero, no estaban en condiciones de soportar el sufrimiento con una adversidad de esa naturaleza. Al que estaba sano le parecía que se debería aplicar la eutanasia cuanto antes, para evitar el sufrimiento de todos. En cambio al enfermo, tal vez por el sufrimiento de enfermedad o por la cercanía de la muerte, se le abría un panorama nuevo: pedir perdón y cambiar de vida. Morir bien.

Recuerdo haber atendido a un chico joven con sida unos días antes de su fallecimiento, mientras sus padres, abatidos por ese problema, esperaban fuera, el chico me decía, después de haberse confesado, que ese era el mejor momento de su vida. Yo también estaba convencido de eso. Al salir le dije a sus padres que el chico empezaba una nueva vida y que ellos estaban allí para lograr que sea feliz, esos pocos días que le quedaban. Su vida encontró el sentido que había perdido. Luego murió con mucha paz y su familia recuperó la esperanza.

El trauma de matar

No es lo mismo acercarse al familiar enfermo con la intención de acompañarlo y aliviarle el dolor, que acercarse con intención de aplicar la eutanasia para evitar el dolor. El sentimiento es distinto. El amor verdadero no llevaría nunca a la eutanasia, en cambio el egoísmo sí. Cuando crece el egocentrismo fallan las relaciones humanas, uno sufre más por su ego que por la otra persona.

En los ambientes donde se va a dar un suicidio asistido o se aplicará la eutanasia, se percibe nerviosismo, desasosiego, duda, prisa. La familia se inquieta porque todavía no se muere, esos deseos son percibidos por el paciente que, aunque se recubran de gestos cariñosos y amables, le hacen sufrir más. Cuando todos aceptan que hay que adelantarle la muerte al paciente, ya no hay nada que decir, es como un condenado que espera al verdugo. Luego, cuando se aplica la eutanasia, es como si algo se acabara, “el último que apague la luz y cierre…” queda una tristeza y una huella de culpabilidad difícil de borrar.

El costo de no contar con Dios

Es fácil comprobar que cuando la sociedad se aleja de Dios el anciano se puede conviertir en una molestia incómoda. Herbert Hendin catedrático de psiquiatría en el New York Medical College en su exitoso libro Seducidos por la muerte, (Planeta, 2009, Madrid), afirmaba categóricamente: “En una cultura en que la vida no tiene continuidad, en que la vida carece de significado más allá de sí misma, la muerte deviene más amenazadora e intolerable” (op. cit. p. 205) y más en los países liberales y materialistas, que es donde se encuentran los mayores índices de suicidios.

La lucha contra el dolor

Gracias a Dios se ha extendido por todo el mundo el desarrollo de los cuidados paliativos que no incluyen la eutanasia ni el suicidio asistido entre sus programas. Se trata de ayudar a los pacientes que se encuentran en esas situaciones con todo el apoyo humano posible y los recursos técnicos modernos, para que tengan una mejor calidad de vida y puedan morir, si es el caso, con las mejores atenciones y el cariño de sus familiares y amistades.

Gracias a los avances de la ciencia médica se puede aliviar el dolor en personas que se encuentran en una fase terminal de su enfermedad. En esos casos está permitido el uso de fármacos para aliviar el dolor, aunque pueda devenir la muerte.

No se busca matar sino eliminar el dolor. No es lo mismo que la eutanasia donde se busca matar para eliminar el dolor. La ciencia moral permite, cuando se trata de un cuadro irreversible y el paciente está prácticamente en estado vegetal, desenchufar los aparatos y no poner medios extraordinarios para mantenerlo en vida, aplicando solo los medios ordinarios. El médico que omite un tratamiento en esas circunstancias no está matando. En cambio con la Eutanasia se va directamente a matar.

Qué diferente es cuando se ama de verdad la Vida y se sabe acompañar al ser querido en esos momentos de dolor, con el alivio de la oración y el esfuerzo humano para que tenga una calidad de vida que le permita llegar victorioso a la felicidad eterna.

Agradecemos sus comentarios

1 comentario:

jr dijo...

Estimado P. Manuel:

Que hermoso, delicado y sencible artículo. Muy oportuno en estos tiempos de culto al relativismo.

En alguna ocasión conversé con el conocido Oncólogo Elmer Huerta, a propósito de la muerte de su Sra Madre. El nos expresaba que, a los pacientes que se les diagnosticaba enfermedades terminales, solo quedaba otorgarles CALIDAD DE VIDA, hacerlos más felices, no somenterlos a tratamientos que científicamente no darían resultado la famosa distanacia); obviamente descartando la eutanacia.

Gracias por el artículo; me encargaré de difundirlo entre mis conocidos.