viernes, agosto 31, 2012


CONVERSIONES QUE DAN ALEGRÍA
El chofer de un ómnibus
En la década de los años 70 del pasado siglo 20, un grupo de universitarios españoles decidió contratar un autobús para viajar de Madrid a Roma y asistir a un congreso universitario que tendría lugar en la ciudad eterna durante la semana santa. Como parte del programa se habían organizado también un par de encuentros con el Fundador del Opus Dei, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Como el viaje era bastante largo se organizaron para tener algunas actividades en el autobús que distribuyeron con un horario: canciones, charlas, rezo del Rosario, lecturas, etc. El conductor del ómnibus era un  joven chofer experto en esos viajes, largos y cansados, había llevado a jóvenes a distintos eventos internacionales en repetidas ocasiones, sin embargo estaba asombrado de éste último viaje porque encontraba en el ambiente de estos muchachos algo distinto.
Los muchachos eran normales, iguales que todos, conversaban, metían bulla, cantaban, eran divertidos… lo que le llamaba la atención era que de pronto todos se ponían a rezar el rosario, o reflexionaban en silencio oyendo la prédica de un sacerdote. Él creía que los jóvenes divertidos y movidos no podían ser los que rezaban y pensaba que los que rezaban tenían que ser tranquilos y no bullangueros. Esta combinación de gente divertida y a la vez formal, le parecía extraña y estaba como se dice “con la mosca tras  la oreja”; le había entrado una enorme curiosidad. Cuando llegaron a Roma, observó que de pronto estos muchachos se vestían de terno y corbata para asistir a una reunión, notó que iban a con cierto nerviosismo, como si fueran a ver algo extraordinario y su sorpresa fue mayúscula cuando ve que salen contentísimos y exultantes de ese encuentro. No aguantó más y decidió, sin decirle a nadie, colarse en la siguiente reunión. Se preparó para este propósito y el día de la cita, cuando bajaron del ómnibus los muchachos elegantemente vestidos, él, que se había puesto también  corbata y saco, los siguió hasta el salón donde se iba a realizar el encuentro y se escondió tras una columna. Enseguida llegó san Josemaría y un aplauso entusiasmante estremeció la sala. Le impresionó ver la llegada que tenía ese sacerdote con los jóvenes y luego al escucharle se emocionó hasta las lágrimas porque recordó que estaba en deuda con Dios, pidió rápidamente un confesor. Hacía 40 años que no se había confesado. Salió con propósitos firmes de ser santo y se apuntó, como chofer, de los futuros congresos en Roma.

Un adolescente rebelde
En esa misma década un adolescente estaba harto de sus padres porque iban a Misa todos los días y siempre le aconsejaban para que mejore su conducta. Sus padres eran miembros del Opus Dei y muy seguidores de Mons. Escrivá. El hijo en su rebeldía no quería saber nada con el Opus Dei, ni con su Fundador.  Un buen día Mons. Escrivá asistiría a una tertulia en la ciudad donde vivía este chico. Veía que sus padres estaban emocionados por esa visita y él, por su rebeldía quería mostrarse ante ellos reacio e indiferente, aunque tenía en el fondo una enorme curiosidad por saber quién sería ese tal Mons. Escrivá de Balaguer.  Unos días previos a esa visita,  se juntó con sus amigos de la universidad y le pidió a uno, que frecuentaba un Centro del Opus Dei, una entrada para asistir al encuentro con el Fundador, pero le advirtió para que no se lo diga a nadie. Pensó que podría verlo escondido y que nadie se iba a enterar. Su amigo le advirtió para que llegara temprano y así asegurara un buen sitio. El día de la tertulia se presentó con su terno. Se puso en un lugar alejado y procuró pasar desapercibido. Fue observando cómo entraban los chicos de su edad, los veía felices y expectantes. Al poco tiempo se acercaron algunos y lo saludaron afectuosamente. Él se sintió bien y además esos chicos le caían simpáticos. Se armó sin que se diera cuenta una agradable conversación de la que participó con alegría y entusiasmo. Al poco rato se encienden las luces y empiezan los aplausos atronadores de los jóvenes. Él, contagiado por el ambiente, aplaude con un inusitado entusiasmo. Mons. Escrivá se dirige a los jóvenes en un tono claro y persuasivo. Todos lo miraban con aceptación y felices de estar allí. Las palabras de san Josemaría lo removieron hasta las lágrimas porque le hicieron recordar los consejos que había recibido de sus padres y que él no había querido aceptar por su terca rebeldía.  Esa misma noche escribió una carta a sus padres pidiéndoles perdón por su equivocada actitud y les agradecía la paciencia, la comprensión y el cariño que habían tenido con él.

Un santo canonizado
Cuentan que San Alfonso María de Ligorio era muy entusiasta, pero un día le entró una frialdad interior impresionante. Nada le entusiasmaba y estaba muy preocupado. El Señor lo estaba probando. Cuando se encontraba con esos desánimos entró en una iglesia sin encontrar ninguna respuesta hasta que de pronto se fijó en un cartel que estaba al pie de una imagen de la Virgen y decía así:
Acordaos Oh piadosísima Virgen María que jamás se ha oído decir que alguno de los que ha acudido a vuestra santísima protección haya sido abandonado de vos. Animado con esta confianza a vos también acudo, ¡Oh Virgen Madre de las Vírgenes! Y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desprecies oh Madre de Dios mis súplicas, antes bien acogedlas y aceptadlas benignamente. Amén.
Al leer esta oración Alfonso recupero al instante el entusiasmo que había perdido.

Un comunista ateo
André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, fue diputado y ministro durante la III República y primer secretario general del Partido Comunista Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde "católico, apostólico y romano". 
Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, "católico, apostólico, romano", llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados. Estaba totalmente convertido.








1 comentario:

Humberto Mochizuki dijo...

Muchas gracias Padre Manuel por compartir tan interesantes historias. Muchos saludos!