viernes, marzo 14, 2014


La esperanza del reencuentro 
CANCIÓN DE DESPEDIDA

Todo tiene su fin y muchas veces en la vida toca despedirse. Hay despedidas pequeñas dentro del mismo día como cuando los niños se van a la cama y se despiden de sus padres con un beso, o cuando salen para irse al colegio. Estas despedidas amorosas se recuerdan con nostalgia cuando pasan los años, son momentos agridulces donde se combina la alegría del saludo con la tristeza, aunque sea pequeña, de la separación, pero también está la esperanza de volverse a ver.

Cuando los Boys Scout terminan sus fogatas se cogen de las manos, hacen un círculo alrededor del fuego y cantan la canción de la despedida: "¿porqué perder las esperanzas de volverse a ver? ¿porqué perder las esperanzas si hay tanto querer?

Lo importante es el querer. Las personas que se quieren mucho sufren cuando se despiden, pero también se llenan de esperanza con la alegría de volverse a ver, del reencuentro. Cuando el hombre se separa de Dios por el pecado, sabe que tiene la esperanza de la confesión para que se de el reencuentro, con la alegría grande del abrazo de Dios.

En los ámbitos humanos el amor auténtico produce contínuos reencuentros. El que está trabajando mira el reloj con la ilusión de volver a su casa para reencontrarse con su familia. Esa llegada de todos los días no será nunca rutinaria cuando hay amor. Si un miembro de la familia viaja, la despedida suele ser emotiva: fuertes abrazos, besos y hasta lágrimas y luego los adioses con un pañuelo mientras se aleja y todavía se le puede ver. Los que no viajan vuelven a sus casas en silencio, con la pena de la partida del ser querido, pero con la gran esperanza de volverlo a ver.

 

Modos de despedirse

Hay muchos modos de despedirse; depende de los modos de ser. Hay despedidas emotivas llenas de gestos y manifestaciones de afecto y otras que no expresan hacia afuera lo que se lleva en el corazón, la procesión  va por dentro. A muchos no les gusta despedirse, para no emocionarse ni quebrarse: se escapan sin que nadie los vea. Son modos de ser que hay que comprender. Existen personas con gran corazón, que tratan habitualmente con mucho cariño a los suyos, que no quieren saber nada con las despedidas, se llenan de nervios y prefieren evitar esos momentos de sufrimiento, que no podrían aguantar. Huyen sin dar la cara y lloran solos, sin que nadie los vea.

Tampoco se puede olvidar que las grandes despedidas no son tan significativas para calificar a las personas como los saludos diarios. Al que no saluda habitualmente y pasa de largo se le considera mal educado, en cambio sí uno se fue de una ciudad por un tiempo largo, sin despedirse,  pueden existir razones comprensibles.

A las personas se las conoce por su vida y no por algo que hizo o no hizo en un momento determinado. Los que ha estado habitualmente a su lado podrán decir cómo era: buen padre, buen hijo, buen esposo, buen amigo....(o buena madre, hija, esposa o amiga).

 

La nostalgia de las personas y de los lugares

El que viaja también tiene la esperanza del reencuentro, aunque el proyecto que motiva su viaje tenga prioridad. Miles dejan por un tiempo a su familia, por un proyecto de trabajo, o de estudios. La lejanía motiva la valoración de las personas y los lugares. La experiencia de que las distancias físicas acercan más a las personas es casi universal.

La canción de la despedida dice: "¡no es más que un hasta luego! ¡no es más que un breve adiós!  para recordar que el tiempo se pasa volando aunque en el momento de la despedida parece que falta una eternidad; en el momento menos pensando llega la alegría del reencuentro.

Cuando la vida ha sido ordenada, por el esfuerzo personal de corresponder y querer dejar para los que vienen después algo valioso que valga la pena,  el tiempo que va pasando trae al corazón la nostalgia de los años que se han quedado en el pasado, con recuerdos gratos y deseos de volver a vivir lo que se vivió y reencontrarse con las personas entrañables de esas épocas gloriosas: vivencias infantiles en la casa de los padres o abuelos, trabajos por donde se pasó, o lugares que han quedado grabados en el corazón y no se pueden olvidar.

La nostalgia que procede de un auténtico amor a la familia o a los amigos, se convierte en un soporte seguro que hace al hombre dueño de un tesoro valioso que le ayuda a sentirse libre y privilegiado. Es también un motivo para la acción de gracias. Es cuando la persona puede decir: "¡qué me quiten lo bailado!, he sido muy feliz”, afirmando con certeza ser dueño de ese magnífico privilegio de sentirse querido, aunque los demás no capten nada. Es algo propio, intransferible y exclusivo.

Los recuerdos y sentimientos de las personas son satisfactorios cuando se ha vivido con honradez y rectitud, cuando se ha sabido corresponder con amor, al amor recibido.

 

La nostalgia y el pecado

De lo malo y desordenado no se debe tener nostalgia. También la tentación se puede presentar como el recuerdo y gozo de un pecado pasado, que se debe rechazar con prontitud. No se debe olvidar que el maligno está siempre al asecho y trata de meterse en el corazón de las personas. El examen de conciencia diario ayuda a detectar lo que es de Dios y lo que procede del príncipe de la mentira.  La prudencia es la virtud para saber escoger con prontitud la vía correcta que implica también rechazar lo malo, incluso el trato con algunas personas que pueden hacer daño.

Con el mal no caben despedidas, hay que cortar de inmediato e irse por otro camino. San Josemaría aconsejaba para estas ocasiones: "no tengas la cobardía de ser valiente, ¡huye!"

La última despedida

Cuando al hombre le toca partir de este mundo, tiene la esperanza de la felicidad eterna, aunque en su vida haya pecado mucho. Dios en su infinita misericordia nos ha regalado los sacramentos para tener siempre la oportunidad de acercarnos a Él. Basta tener fe y querer. El Señor recibe al pecador con los brazos abiertos para que éste pueda alcanzar su fín.

El hombre en el umbral de la muerte se despide de sus seres queridos con un hasta luego, porque todos estamos llamados a llegar a ese lugar de felicidad donde se produce el reencuentro.

 

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jueves, marzo 06, 2014

Lejos de la realidad y de las personas
ESCLAVOS DEL TELÉFONO

Hace unos años el hombre solitario de las grandes ciudades sacaba a pasear a su perro y conversaba con él, no tenía otro interlocutor. Esta figura continúa en los tiempos actuales acompañada de otra, también trágica, por los resultados obtenidos en las grandes urbes: las personas que caminan hablando por teléfono.
Las propagandas de las compañías telefónicas motivan a las personas para que usen con mucha frecuencia su teléfono, se dan grandes facilidades para que las llamadas sean prolongadas y las personas gasten su tiempo y su dinero pensando que así están comunicadas y bien acompañadas.  Lamentablemente los resultados son adversos.
El teléfono es maravilloso para quedar con alguien o para recibir un recado. El uso rápido y breve es el que justifica su utilidad. Nunca podrá ser sustituto de las relaciones humanas que se deben dar entre las personas, en vivo y en directo.
Los seres humanos de hoy necesitan apagar sus teléfonos para comunicarse con las personas. La comunicación en el hogar es fundamental para la felicidad y libertad de los seres humanos. Dentro de la casa tienen prioridad los seres queridos, cada persona debe estar dispuesta para comunicarse con las personas que viven a su lado. Nadie debería encontrar, en su propio hogar, un pariente que no habla con ellos, porque tiene habitualmente encendido su teléfono y está conversando con otras personas o viendo algo en la internet

Mala educación
Hace unos años se consideraba de mala educación hablar mientras se estaba comiendo o levantarse de la mesa antes que los demás, o no saludar o despedirse al entrar o salir de la casa. Estos valores se han ido perdiendo poco a poco y las personas se han ido aislando de sus propios seres queridos para hacer lo que les provoca en el momento, pensando que así son libres. Una persona que está manipulando su teléfono en medio de una reunión familiar está maltratando a sus seres queridos. Es una malcriadez que refleja falta de virtudes humanas.
Si uno está más pendiente de su teléfono y contesta cada vez que suena esté donde esté, le está dando más importancia a la llamada que recibe que a las personas que tiene al lado o al trabajo que está haciendo.
Apegarse a una persona a través del teléfono es una mediocridad, no es amor. Si realmente se ama a una persona no se la esclaviza ni se la controla exageradamente a través del teléfono. Muchas mamás, equivocadamente, llaman constantemente a sus hijos para controlarlos y quieren saber dónde están. Esto ocurre cuando en la casa no se educa al hijo para que  responda bien en cualquier situación  donde se encuentre. Una buena educación forma personas responsables. A los niños hay que enseñarles a usar el teléfono para que no se esclavicen con él y para que no pierdan el tiempo.

En las aulas del colegio o de la universidad
Es imposible educar en un colegio o en una universidad si los alumnos están pendientes de sus aparatos. Deben dejarlos de lado para escuchar una clase y para estar integrados en los ambientes de estudio. El uso excesivo de los celulares, las agendas electrónicas y las computadoras, está dañando terriblemente a una generación que ni cuenta se da del daño que se están haciendo. 
Hoy por hoy los teléfonos y los sistemas electrónicos de comunicación se han convertido, para una mayoría muy considerable, en aisladores. Deberían llamarse medios de incomunicación. 
La falta de orden y jerarquía en la comunicación trastoca las personalidades. El hombre lejano de los suyos y cercano a quien sea,  está en continuo peligro de enredarse y quedarse varado en la vida. Es grave la miopía de no darse cuenta que es esencial la comunicación entre los seres queridos dentro de la familia, que es la célula básica de la sociedad. Preferir otros a la familia es equivocarse.
Nos proponemos a través de este portal,  añadir estas advertencias a los programas de educación en los colegios, para que los papás y los profesores puedan darse cuenta de la existencia esta esclavitud moderna que a ellos mismos les perjudica. Las relaciones humanas ordenadas en la casa y en los colegios no deberían perderse por el uso indebido de los aparatos electrónicos.
En los aspectos positivos debemos reconocer las grandes ventajas del teléfono para salir de apuros en circunstancias difíciles. También, gracias al teléfono y a una llamada oportuna, se han salvado vidas.
A cada uno le toca ver si los instrumentos de comunicación le ayudan realmente para acercarse a su prójimo o le está creando distancias peligrosas. No son pocos los que se han quedado solos por confiar demasiado en los aparatos. No se trata solo de hablar. Es necesario saber bien con quién se habla y de qué se está conversando. La espontaneidad informal termina mal. La comunicación debe ser siempre un cultivo de riqueza espiritual que ennoblece y hace grande a la persona.


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jueves, febrero 27, 2014


Un gran obstáculo para avanzar
EL CÁNCER DEL ESPÍRITU CRÍTICO
Una de las grandes heridas que el hombre tiene en su naturaleza dañada por el fomes pecatti está en el juicio. El amor propio, que es inevitable, congela un pensamiento negativo contra algo que no le parece y de paso también condena a la persona que defiende esa postura. Si no se cura la herida, puede hacer “metástasis” y termina matando las relaciones humanas. En no estar de acuerdo no debería desembocar en una crítica amarga y dañosa.
Cuando una persona incuba, con sus argumentos, una rebeldía interior,  que suele ser fastidiosa e incómoda, entonces pierde la paz y surgen automáticamente motivaciones que le empujan a la murmuración o a la crítica interna. La mente elabora argumentos que parecen de una evidencia contundente, como para demostrar que se lleva la razón y si persisten, la cabeza empieza a dar vueltas, como un carrusell, con chispazos de lucidez y con temores de olvidar esas “razones evidentes”. Es un dolor de cabeza.
Cuando la crítica continúa y no hay una buena disposición para  encontrar una solución a esos impases, la herida tiende a agravarse. El que permanece en esa situación se desestabiliza con la marea persistente de sus razonadas, que van pasando de la ira al aburrimiento y del aburrimiento a la ira; un sonsonete crítico que con el tiempo, al perder la fuerza de los primeros momentos, lo va hinchando con sabores amargos que dejan  en su corazón una pena dolorosa.

Silencios inoportunos
La congelación de criticas en la interioridad de las personas crea silencios, inoportunos y peligrosos, para las relaciones humanas. El espíritu crítico siempre es anti.  Es una oposición voluntarista que se expresa con fuerza y a veces con temor. En las palabras críticas se puede notar la herida del corazón. Algunos han querido maquillarla añadiéndole el término: constructiva, pero la experiencia ha demostrado que la crítica siempre es negativa y como tal hace daño si no se corrige a tiempo.
Los silencios, que son consecuencia del espíritu crítico, niegan los espacios debidos para la comunicación. Esos espacios sagrados que deben ser utilizados habitualmente por los seres humanos para sus relaciones familiares y sociales, tienen que estar libres de resentimientos y recelos. No son espacios para la aprobación o desaprobación de las personas o de los argumentos, sino más bien para estar conectados en unas relaciones humanas de amor, que son como el respirar.
Esas relaciones humanas de amor, que no pueden parar, deben buscar siempre la verdad, que trae la luz que aclara y sosiega, regula las pasiones de las partes en desacuerdo, para que surja la conversación serena de los pros y contras de los argumentos, sin estridencias, y así, poco a poco, se va tejiendo la solución más conveniente para todos.
No estar de acuerdo, no debe ser tampoco una invitación al silencio, para evitar enfrentamientos o polémicas, sino a la conversación pronta para resolver los desacuerdos.
Es más cómodo callar, pero, con este sistema, se termina, inevitablemente, en el resentimiento y en la distancia, con un endurecimiento o enfriamiento de las relaciones personales, que habría evitar a toda costa. 

El arte de hablar sin discutir
No estar de acuerdo tampoco significa entrar en la discusión. Todas las personas deben conquistar el arte de hablar sin discutir y esto se consigue luchando contra el amor propio, que es en definitiva el causante de todos los conflictos humanos.
El extremo opuesto al amor propio es el amor a los demás, que corresponde a la virtud de la caridad. No es posible un acuerdo auténtico sin caridad, se quedaría en el nivel de la tolerancia, que podría admitir el sacar a relucir, por un tiempo, la bandera de la paz. Sería solo una tregua engañosa, que solo sirve para la foto política del momento. Las treguas no curan las heridas.
El arte de hablar significa conversar queriendo a los interlocutores. Cuando se quiere a las personas todo se arregla con el diálogo. Si se tiene que corregir,  se corrige a tiempo.
Cuando hay caridad la disposición de ayudar persististe siempre, en medio de los errores o desavenencias humanas. No hay inconveniente en conversar para solucionar los temas que se están tratando, respetando siempre a las personas y siendo leales a los compromisos adquiridos.
Cuando falta la caridad y hay exceso de amor propio, existe inevitablemente una incapacidad para resolver los problemas humanos; se teme contristar y se opta por el silencio porque las críticas o desacuerdos, que producen un malestar interno, podrían caer en los exabruptos de una ira incontrolada. En esta situación la opción sería: callar para no herir.
Los que optar por la crítica abierta y no les importa herir, (no son pocos), publican los errores ajenos con una irreverencia hiriente y mordaz. Buscan hundir y desprestigiar al adversario y si pueden lo meten a la cárcel; luego velan para que no salga nunca.  Los que  buscan castigar así se olvidan  del perdón.
La persona llena de caridad: perdona, comunica, conversa, busca soluciones, aconseja, corrige, está siempre disponible y con buena disposición para ayudar. Como dice San Pablo: “la caridad no tiene límites” siempre se puede amar más y comprender mejor a las personas.
San Josemaría decía:  “No hagas crítica negativa: cuando no puedas alabar, cállate” (Camino n. 443) Todo se puede decir de un modo positivo y sin herir ni espantar, basta pedirle a Dios: “¡auméntame la caridad!” Con esa virtud escuchamos a Dios con asombro, admiración y un afán grande de aprender. Si perdemos la caridad se mete esa critica punzante que  deteriora y hace perder el sentido sobrenatural. “Es mala disposición oír la palabra de Dios con espíritu crítico” (Camino n. 945). Qué ridícula resulta la persona que quiere enmendarle la plana a Dios con un espíritu crítico descarnado.

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jueves, febrero 20, 2014


En el ocaso de la vida
INSTANTES DE PLENA SALUD
Cuando nace un niño todo el mundo está pendiente de sus primeros movimientos: si abrió los ojos, si hace muecas, si sonríe, si llora. A los ojos de sus familiares todo parece admirable.
Cuando una persona está moribunda y yace en la cama ocurre algo parecido por parte de sus familiares: si abre los ojos, si escucha, si hace algún gesto, si se comunica. Cualquier movimiento puede ser interpretado como genial en esas circunstancias y los familiares se alegran porque todavía está dando síntomas de vida o de comunicación.
Dios está presente al principio y al fin, cuando se nace y cuando se muere. Con la fe y la vida interior de trato habitual con Dios se puede apreciar la intervención divina en esos instantes. En el ocaso de la vida suele aparecer como una pequeña primavera, como si el enfermo sanara dejando atrás sus males. Esta situación causa asombro, admiración y alegría entre los suyos. Algunos piensan, ingenuamente, que ya se curó, otros dicen que se está despidiendo, otros lo toman como algo normal y rutinario, solo constatan que así pasa con todos, son los misterios de la naturaleza humana.
Los instantes de plena salud en medio de una grave enfermedad pueden ocurrir también con personas que se han curado; ellos cuentan emocionados esos momentos de lucidez que a los ojos humanos podrían parecer los propios de una elevada imaginación.  Cuando hay una mayor experiencia, y no se trata solo de los familiares o de alguna persona allegada que cuenta esos sucesos, se descubre que son espacios que otorga la Providencia para que sean inteligentemente aprovechados. Evidentemente son pruebas de la infinita misericordia de Dios que quiere que todos los hombres se salven, es como una oportunidad más, y la última, en el umbral de la muerte. Habría que preguntarse ¿cuántos habrán logrado su salvación en esos instantes?

Tiempo para curar el alma
No esta mal que una persona piense en esos espacios de buena salud  que podría tener cuando se encuentre en el umbral de la muerte. Puede tratarse de segundos, minutos, horas o días. Un tiempo precioso para arreglarlo todo. Los sacerdotes hemos tenido, gracias a Dios, la oportunidad de ver a muchas personas aprovechar el tiempo en esos instantes de salud.
Los que están mejor preparados aprovechan esos momentos para confesarse, o recibir la comunión, o tener una conversación más seria y profunda con el sacerdote y también con algún familiar o amigo. Son instantes de salud otorgados por la Providencia para sacar un beneficio provechoso en bien de las almas: la del moribundo y la de sus seres queridos.

Las falsas ilusiones de un mundo sin Dios
El mundo habla de aprovechar el tiempo y las oportunidades como si nuestra vida fuera infinita. Nadie quiere pensar que en poco tiempo se va a morir y cuando lo piensan se deprimen, como si nada tuviera sentido.
La realidad nos hace ver que lo que le da sentido a la vida es lo que viene después. El tiempo se debe aprovechar de acuerdo a la realidad, y si no se aprovechó bien, habrá que recurrir a ese precioso espacio en el umbral de la muerte para decirle a Dios: “Yo también quiero entrar en ese lugar de felicidad. Ahora me encuentro aquí atrapado con una enfermedad terminal. En unos instantes voy a morir. ¿qué tengo que hacer ahora para salvar mi alma?
Solo se puede ser consecuente con la verdad. Ser consecuente con la mentira no deja de ser una gran estupidez. Tenerlo todo a mano para salvarse y no aprovechar esos momentos es la desinteligencia más grande que el hombre pueda tener. Ser terco y caprichoso con un voluntarismo orgulloso que va contra la vida, es lo más terrible que pueda pasar con la malicia del pecado que corrompe al hombre.
La inteligencia se corrompe cuando la voluntad no le deja ver la verdad. Quizá estas palabras pueden parecer duras y sonar a radicales. Están expresadas con el mayor amor por las personas y sobre todo a las que están alejadas de Dios.
No es fácil que una persona alejada de Dios entienda el sentimiento de amor que un creyente tiene para las personas que se encuentran heridas por el pecado. Además algunos se encuentran hirientes contra los creyentes y emperrechinados en no querer saber nada con la religión.
El que tiene fe ama, está sereno y tranquilo, puede esperar el tiempo que haga falta.  Sabe bien que el alejamiento de Dios puede llevar a los hombres a los hombres a tener odio contra Dios y contra todo lo que provenga de Él. Los sucesos históricos en todas las épocas son elocuentes.
Los que pasan cerca al moribundo que se encuentra en el umbral de la muerte, pueden darse cuenta y ver a un derrotado, que no puede más y se va a morir, o a un triunfador que dará un salto, por su fe y su amor, a una vida de felicidad que es muy superior.
Cerca del moribundo pueden estar los familiares, los amigos entrañables pero también los médicos, las enfermeras, los técnicos de salud y el personal de servicio del hospital. Todo un mundo que se concentra en unos ambientes y que puede ser bastante variado. Los instantes de salud de esa primavera en el ocaso de la vida, puede ser motivo para que muchas conciencias descubran la realidad y se postren ante ella. Otros no se darán cuenta. Como dice el Señor en los Evangelios: “el que pueda entender, que entienda”
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viernes, febrero 14, 2014


SER Y SENTIRSE AJENO
En el siglo pasado el novelista peruano Ciro Alegría escribió “El mundo es ancho y ajeno” Con ese título quería expresar el sentimiento del hombre de a pie que al caminar por las calles veía y comprobaba que nada era suyo. Tenía cercanas muchas cosas pero no las podía ni tocar porque eran ajenas.
La experiencia de pasear por las calles atiborradas de gente es muy enriquecedora para el que se fija en los rostros de los que se cruzan con él, aunque cabe también el acostumbramiento de pasar sin más, por rutas habituales, sin hacer ninguna observación.
El que no se fija seguirá su ruta de todos los días y le parecerá que todo camina con normalidad. Se acostumbrará a ver un escenario o paisaje de gente que pasa. En cambio el que hace un pequeño esfuerzo para observar a las personas encontrará un mundo interesantísimo de similitudes y diferencias que contrastan con él mismo.
Si es buen observador se dará cuenta si encaja o no dentro del cuadro de sus conciudadanos. Esta primera advertencia es de gran importancia para situarse bien y conseguir que las relaciones con los demás (con las personas que habitualmente trata) sean exitosas.

Encajar en el cuadro
El situarse bien dentro de un grupo humano es fundamental para que las relaciones sean armoniosas. Situarse no es colocarse en un lugar preferencial o beneficioso, sino estar en el sitio donde se debe. Se dice que una persona es inteligente cuando sabe situarse bien en el lugar que le corresponde.
Si falta la advertencia orientativa para situarse bien, faltaría la brújula para saber hacia dónde debe caminar. Las consecuencias de ese tipo de desorientación afectan directamente las relaciones humanas: se pierde la confianza, se atropella, se generan distancias, falta credibilidad, o simplemente no hay química. Los demás dirán: “esta persona no entiende”

Conocer y aceptar la realidad
El hecho de sentirse ajeno o integrado en un grupo humano no es el problema principal. El verdadero problema se tiene cuando se piensa que se está integrado y no es así. No se trata de integrarse sino de conocer la realidad. El esfuerzo por integrarse puede proceder de un sentimiento voluntarista de querer ser como los demás. Ese empeño suele ser contradictorio porque cada uno es como es. Resulta forzado y poco natural imitar formas que no van con el modo de ser de una persona.
El hecho de ser y sentirse ajeno es acertado cuando procede de un conocimiento real. Constatar la realidad es la clave para la integración, con las similitudes y diferencias del caso. Para acertar en estas apreciaciones es necesario saber que todo ser humano tiene en su naturaleza la ley natural que se resume en hacer en bien y evitar el mal. Ninguna persona podrá decir que es propio de su ser el ser malo, o no ser bueno. Toda persona debe luchar para ser mejor de acuerdo al bien, que es objetivo para todos.

Conocer y querer las diferencias
Dentro del camino del bien hay múltiples variedades que hacen distintas a las personas. El conocimiento de esas variedades es la cultura necesaria para que funcionen bien las relaciones humanas. Al observar a las personas es cuando viene la advertencia de sentirse ajeno. No es desinterés, tampoco encerrarse en sí mismo, al contrario es una apreciación por las diversidades de los demás y el respeto hacia las personas. Sentirse ajeno es respetar lo que no es propio. Ninguno puede sentirse propietario de las personas, tampoco de sus cosas. Se le suele llamar ladrón al amigo de lo ajeno.
Sentirse ajeno, dentro de las consideraciones que estamos haciendo, es también una actitud indispensable para la armonía en las relaciones familiares. Es muy bueno descubrir lo distinto que son los propios familiares y sus cosas. Esto no quiere decir que no existan similitudes y que no se compartan las cosas dentro de la casa. Las diferencias y similitudes se conocen y se respetan cuando se ama a las personas.
El niño que quiere jugar con sus hermanos, y estar integrado a ellos,  debe aprender a respetar los distintos modos de ser de sus hermanos y entender que ellos también poseen cosas propias, que él debe respetar. Solo se puede enseñar a compartir cuando se posee algo propio. El valor del compartir procede de la generosidad de dar algo que se tiene.
La ausencia de amor va generando conflictos de incomprensión y separación. Es la falta de entendimiento para los modos de ser y poseer. Sacar la bandera de la independencia por las incomprensiones humanas no es el camino de la libertad y mucho menos el del bien.
La persona que ama poco queda fácilmente desubicada , no por ser distinta, sino porque le falta amor para sentirse ajeno (respetar lo del otro) sin alejarse y más bien situarse en el lugar que le corresponde.
En los niveles sociales puede ocurrir lo mismo. El hombre de la costa que se establece en la sierra debe sentir sus diferencias con respecto a los habitantes de esa región para que los pueda comprender y querer. Pretender ser como ellos imitando formas de ser que no soy suyas y sentirse con derecho a tener lo mismo que los demás tienen, es un error que genera distancias y faltas de entendimiento.
Si bien a los inmigrantes se les aconseja que se hagan al lugar donde van, esto no quiere decir que deben conseguir ser y sentirse iguales y con los mismos derechos que  los nativos. Como ocurre siempre, unos se adaptarán mejor, y otros, por diversos motivos, no se adaptarán nunca. En cualquier caso la adaptación  es la inteligencia para situarse bien. Muchas veces el que llega tendrá que decir: soy muy distinto a los habitantes de este lugar. La aceptación de esa realidad es su mejor adaptación, que todo el mundo aplaude porque es verdad.
Existe un común denominador el los que, con la inteligencia y el amor, consiguen situarse bien. Es una suerte de parentesco espiritual. Cae bien dentro del cuadro. Todos lo aceptan, en los ámbitos hogareños lo consideran de la familia y en los ámbitos sociales es muy querido, aunque sea extranjero y tenga diferencias de edad y de costumbres. Esta adaptación con aceptación tácita es propia del que sabe amar y no está pensando en sí mismo. Su vida rompe esquemas, no es como los demás pero es para todos, a todos les gusta. Lo estamos viendo en el carisma y la aceptación del Papa Francisco.
Un sacerdote que se fue al Japón estaba tan contento de estar allí que le salieron rasgos japoneses. Los habitantes de la ciudad donde se encontraba decían que era más japonés que los japoneses.
Por el contrario si omite el esfuerzo de querer a los demás crece un cayo que separa y aísla. Es entonces cuando el hombre se siente ajeno, “yo no soy para eso” diría el que no se integró.
Hay muchas personas que no se integran, se quedaron fuera por distintas circunstancias y les parece que tienen derecho de vivir alejados o a distancia de los demás, o a vivir según sus costumbres propias.
Es un modo distinto de sentirse ajeno: verse con una incapacidad para conseguir algo de los demás porque no se supo cultivar verdaderas amistades, ni inspirar confianza. Algunas personas consiguen ser admiradas por sus cualidades pero no queridas por los demás. En este modo de sentirse ajeno no se interviene,  se prefiere pasar desapercibido y se crea automáticamente mundo a parte, bastante original, donde cada día crece la falta de llegada a los demás y se puede caer en un aburrimiento, o depresión existencial. Se creía que los sistemas iban a funcionar, pero éstos, sin las personas, perdieron su eficacia.

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viernes, febrero 07, 2014


Los cambios que se requieren
LA CREATIVIDAD PERSUASIVA DEL APÓSTOL
Solo puede transmitir a Dios el que lo tiene en su interioridad. El hombre que no tiene a Dios y no se preocupa por tenerlo, si habla de Dios podría convertirse en un charlatán, o en un teórico que no convence.
El que tiene a Dios hace normalmente lo que Dios le pide y su conducta termina contrastando con la lógica de los consensos humanos de las sociedades sin Dios. Solo el que tiene una vida interior rica lo entenderá a cabalidad. Los demás lo pueden admirar o rechazar. Los que están más cerca, si están lejos de Dios, le pondrán las dificultades de sus limitaciones. Los que no tienen suficiente vida interior no lo entenderán en muchos aspectos, lo verán como alguien muy especial y distinto.
Un auténtico apóstol podría ser querido, tolerado o rechazado. Hay que tener en cuenta que los grandes santos han vivido en ambientes de incomprensión y de envidia, por parte de los más cercanos, incluso de sus propios hermanos.
Hoy es necesario romper “moldes”  con vidas coherentes que aspiran a la santidad. Las reformas que hacen falta las deben ejecutar los que tienen a Dios en su interioridad. Como decía San Josemaría Escrivá: “hay que ahogar el mal en abundancia de bien”

Cambio de estructuras   (los edificios de hoy no se construyen como los de ayer)
Muchas veces se ha visto la fidelidad solo como la lealtad a determinadas estructuras, sistemas o procedimientos. Muchos han exigido el cumplimiento de determinados reglamentos pensando que el cumplimiento exacto de esos mandatos garantiza el éxito de la misión.
También se puede decir que ese modo de pensar fue motivado por situaciones de guerra. Surgieron, como es lógico, exigencias drásticas con carácter obligatorio a sistemas estratégicos elaborados por los jefes. Las opiniones personales no importaban para nada. Lo importante eran las decisiones de la cúpula tomadas por los generales, que deberían ser aceptadas por todos.
Hoy estamos viendo, y el Papa Francisco está poniendo los reflectores, que existen muchos organismos y sistemas en la Iglesia que han perdido el espíritu que los animaba, porque los que los manejan se han quedado en sistemas que fueron diseñados de acuerdo a unas circunstancias determinadas y que ahora, al cambiar las circunstancias, esos sistemas ya no deberían tener vigencia.
Habría que advertir en este punto que el problema no está en los sistemas sino en las personas. Cuando la persona no funciona bien puede aferrarse a un sistema donde se acomoda mejor. Una persona que funciona bien sabe qué medios debe emplear en cada momento. Vive al día.
Basta el amor a Dios para descubrir cuáles son los medios adecuados a emplear: lo que debe prevalecer y la creatividad para innovar. Con Dios siempre hay progreso y cambio. Se rejuvenece y no se envejece.
El que lleva a Dios en su corazón sabe adaptarse a nuevos sistemas y dejar los anteriores cuando ve que ya son obsoletos. Si bien sirvieron en el pasado, en unas circunstancias diferentes, ahora podrían convertirse en un obstáculo serio para la evangelización.
En algunos sectores de la Iglesia existen todavía algunos sistemas que responden a la mentalidad de una época pasada, con las circunstancias que hemos mencionado más arriba. De allí la advertencia del Santo Padre.

Mentes que se quedaron en el pasado
El obstáculo más grande son las personas que se han aferrado a procedimientos antiguos y no saben desprenderse de ellos.  Les parece que cambiar es una falta de lealtad a lo que siempre se ha vivido y  les cuesta mucho aceptar las alternativas nuevas que se les propone. Ellos defienden las estructuras que les dan seguridad y comodidad.
“Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador” (Evangelii gaudium, n. 26)
Es necesario insistir que el problema principal es aferrarse a sistemas que ya no van. Además quienes están cogidos de ese modo suelen tener problemas en su relación con los demás, unos más y otros menos: lejanías, durezas, injusticias, maltratos, pocos amigos de verdad, clientelismo de rigor, soledad, aislamientos y una tristeza que va creciendo y que es matizada por comodidades que actúan como las drogas: engañan y no dejan ver la realidad. En esas personas las manías pueden crecer notablemente y el mal humor podría irse apoderando de sus vidas.

Creatividad para darle vida y alegría a las acciones que acercan a las personas.
El dinamismo que impone Jesucristo a quien lo lleva es de tal magnitud y fuerza que actúa “como un río que se sale de madre” (Mons. Álvaro del Portillo”). El cristiano debe ser valiente y decidido para no detenerse frente a los obstáculos y no dejar que las personas se detengan llevando un ritmo cansino y acomodaticio. Nadie debe quedarse, todos deben salir.
“Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina” ( Ob. cit. n.11)
No se debe caer en el voluntarismo de persistir en algo que no llega. La nueva propuesta debe estar llena de juventud y alegría. Un corazón dilatado por el amor de Dios suele ser juvenil y sencillo. Es la manera de poder aprender de los más sencillos y contar siempre con ellos para las mejores decisiones. Es saber que allí, en esa relación con el pueblo,  hay mucho de Dios.
“Cada porción del pueblo de Dios, al traducir en su vida el Don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. (ob. cit. n. 122).
Las nuevas expresiones que se requieren para la nueva evangelización proceden de la cercanía de los apóstoles con la gente. Al verdadero apóstol le preocupa más la gente que los sistemas o procedimientos. Dedica su vida a la gente, a estar con ellos, a servir, a resolver problemas humanos. Su genialidad es estar con los demás, su creatividad es para llegar a la gente y conseguir hacer maravillas con ellos. Son cualidades que surgen de una rica comunicación con Dios y con los demás. Se tiene el arte de saber escuchar y de saber aprender de los demás. Así lo advierte el Papa Fancisco:
“Si uno quiere adaptarse al lenguaje de los demás para poder llegar a ellos con la Palabra, tiene que escuchar mucho, necesita compartir la vida de la gente y prestarle una gustosa atención” (ob. cit. n. 158)
El que más sabe de la gente es el que está con Dios y con la gente; en otras palabras: Dios con su amor nos conecta con la gente para que aprendamos de ellos y podamos servirles adecuadamente. En la relación con los demás no importa la edad, se puede ser amigo de todos y aprender de cualquiera, también de los más jóvenes.
“Los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauce de vida en el mundo actual” (108)
La creatividad no es obra del artista humano sino del hombre con fe y amor a Dios. A él se le ocurren cosas que asombran y sorprenden a los demás. Es una creatividad que está en consonancia con los signos de los tiempos y que pega en los distintos ambientes de los tiempos actuales.

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miércoles, enero 29, 2014


La esencia del amor fraterno
LOS MÁS CERCANOS DEBEN SER HERMANOS
Uno no elige a sus hermanos, se los encuentra y los debe querer más que a los demás. No cabe elegir de otra manera apelando a la libertad. La libertad no se tiene necesariamente cuando se elige sino cuando se acierta. La decisión correcta es la que da libertad, aunque el hombre no la tome con total independencia, siempre es necesario el concurso de los otros para ser libres y conseguir colocarse en el camino de la felicidad.
La proximidad de las personas no es casual, como tampoco lo es el nacimiento o la pertenencia a una familia. El que nace es educado para que ame a los suyos, le guste o no le guste. Es libre cuando aprende a querer con orden, pierde la libertad cuando hay desorden en el amor. De aquí se desprende el amor a la familia y el amor a la patria que protege el cuarto mandamiento de la ley de Dios: “honrar padre y madre” es el amor a los orígenes y a la herencia que recibimos para poder amar y ser felices. Es el reconocimiento de lo que nos han dado los que nos quieren. 
Los hermanos que reciben de los padres los medios para realizarse y ser felices en la vida, deben quererse entre ellos y saber compartir su legado. La hermandad no es solo un vínculo de la sangre, es sobretodo un amor que se debe cultivar, que tiene todas las exigencias de un amor ordenado: sacrificio, entrega, servicio, alegría de tenerlo cerca: “¡que bueno que existas!, querer la diversidad de gustos y opiniones, ser solidarios.

La proximidad
La proximidad es un factor a tener en cuenta para la fraternidad. Si una familia con hijos decide adoptar a un niño y lo tienen en la casa, esa proximidad, que le hace compartir, crea lazos de fraternidad. El adoptado es tan hijo o tan hermano como los otros.
La enemistad entre hermanos se opone radicalmente a la fraternidad y genera heridas grandes en las personas. Los hermanos no deben ser enemigos, deben quererse y estar unidos. La unidad no es la uniformidad ni el comunismo. El amor fraternal es un respeto por la diversidad, que se aprecia mejor por la cercanía. Cuando se está cerca se puede conocer mejor y se conoce mucho cuando se quiere. Las personas están cerca para que las queramos.
En la casa se quiere al hermano con sus modos y diferencias. Es en el ambiente familiar donde se le quiere más. La casa es el mejor sitio para querer a los demás. El que huye de su casa y de su familia no sabe querer. El que dice que ama a los otros y no quiere a los suyos no sabe lo que es el amor. Todo amor es ordenado y por eso existe una ley del amor.
Antiguamente se llamaban hermanos los parientes cercanos, por ejemplo en tiempos de Jesús. Cuando hay cercanías sanas y buenas se le suele llamar hermano al amigo cercano y si hay diferencias de edad se suele hablar de tíos o tías de cariño.
El cariño es el que marca la voluntad de querer pertenecer a esa familia que se quiere. En el caso de la educación de los hijos, los padres son los que lo quieren y lo educan. Cuando faltan los padres biológicos, las personas que quieren y educan al niño se convierten en padres por el cariño que ponen en él y el hijo reconoce como padre al que lo ha querido de verdad. Aquí también se ve que la cercanía, el hecho de estar al lado tiene mucho que ver para el reconocimiento de la misión más importante que todas las personas tienen: querer a los demás empezando por los más próximos.
La familia, que es la célula básica de la sociedad, no se encierra en el núcleo familiar, para no salir de allí. El amor auténtico trasciende, se multiplica y se expande.

Los países vecinos deben ser hermanos
Los países cercanos deben ser hermanos. La cercanía o vecindad es una motivación natural para quererlos más. Tener como enemigo a un país vecino es contra natura. No tiene sentido. Cualquier divergencia o conflicto que surja entre los hermanos debe de arreglarse de inmediato. Cuando dos hermanos se pelean hay que separarlos y conseguir que se den las paces.
El perdón al hermano tiene mucha calidad y produce una unión llena de solidaridad. Se ha perdonado a alguien que es parte y con quien se comparte. Los límites entre los países, cuando cada uno quiere defender lo suyo, están jalonados más por el egoísmo que por la fraternidad. Es como si dos hermanos son muy celosos de lo que tienen y no permiten que el otro se acerque a sus cosas. El buen hermano es el que sabe compartir.
Para la proximidad no solo deben tenerse en cuenta las relaciones de oferta y demanda. Es loable ver que entre países cercanos hay buenas relaciones comerciales, sin embargo el Papa Benedicto  decía que las relaciones humanas no deben ser de oferta y demanda sino de fraternidad y gratuidad.
Cuando se aprende a querer y se quiere de verdad mejora la familia y toda la sociedad. Los países vecinos se llevarán bien no por las relaciones diplomáticas y comerciales sino por el amor que exista entre sus habitantes. En los corazones que aman no debe haber ni  una pizca de resentimiento y si se saca una bandera se está dispuesto a sacar también la bandera del otro país para que flameen juntas.

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jueves, enero 23, 2014


Romper esquemas obsoletos
¡QUIERO LÍO!
Con mucha fuerza el Papa Francisco exhorta a los jóvenes en Brasil para que se enfrenten a todo lo que sea mundano y recuperen el sentido cristiano de la sociedad. Los lanza a que vayan por delante y con valentía lleven a Cristo por todos los caminos.
“¡…quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos…!” (Papa Francisco, Brasil, 25 de julio de 2013).
San Josemaría Escrivá en las reuniones multitudinarias que tenía con los jóvenes los lanzaba a meterse por todos los ambientes:  ¿Allí donde están los intelectuales? Sí –respondía él mismo, allí donde están los intelectuales… y donde están los campesinos con sus manos cayosas… ¡sois Cristo que pasa sin hacer ascos!...” (S. Josemaría, Buenos Aires, 1974). Decía que había que poner a Cristo en la cima de todas las actividades humanas y que había que darle la vuelta al mundo como a un calcetín. 
El Beato Papa Juan Pablo II, que será canonizado este año, empujaba a miles y millones de jóvenes a llevar a Cristo por todos los continentes. “¡No tengáis miedo!”  decía con fuerza, ¡Abrid las puertas del Corazón de par en par a Jesucristo!... ¡Él es el camino, la Verdad y la Vida” (Juan Pablo II, 1985)

¿Por qué los Papas y los santos nos empujan a la calle?
Porque hay una temeraria pasividad o comodidad de muchos católicos que no hacen nada frente a situaciones de violencia e inmoralidad que están invadiendo el mundo y que afectan principalmente a los más jóvenes.
Muchos católicos se acostumbra a ver a chicos y chicas borrachos los fines de semana en las discotecas, o cuando van a las playas de campamento y llegan a sus casas al día siguiente después de una noche de juerga; y no dicen nada cuando algunos piensan que esos desarreglos son normales y que son etapas de la juventud por las que debe pasar.
Hoy se puede observar, en muchos hogares, que los chicos, que no tienen ninguna experiencia, exigen de sus padres los permisos para estar en “reuniones” con sus amigos, donde corre fácilmente el licor y la droga y de donde se desprenden ambientes fáciles para las relaciones sexuales. Un católico ¿se puede quedar parado y no hacer nada?
Cuando los accidentes se multiplican por efecto del licor y mueren fácilmente jóvenes que regresaban de una fiesta; ¿se puede decir que estaban en su derecho y que murieron en su propia ley? ¿eso debe continuar así? ¿se arregla con un chofer que no haya tomado?  Eso nadie se lo cree. Los accidentes continúan a la vista y paciencia de todos.
Estamos analizando situaciones reales del presente que claman al cielo, no estamos haciendo consideraciones religiosas. Pero acaso  ¿no es lógico que el católico que ama a Dios de verdad, intervenga, para que se eviten estas situaciones y esas muertes precoces?
Cuando se ve que aumenta la violencia en las calles y también en las casas,  y el número de muertes crece por culpa de personas desadaptadas, cuando las barras bravas se convierten en hordas de delincuentes, cuando los abortos se multiplican, o van naciendo hijos de madres solteras que vienen al mundo por violación de unos libertinos, cuando la familia se deteriora y muchos ya no tienen casa, los católicos ¿se pueden cruzar de brazos, cerrar los ojos a la realidad y no decir nada?
Cuando se ve claramente que hay corrupción en la política, en las autoridades, en algunos periodistas y en algunas empresas…. los católicos ¿ pueden quedarse callados y no intervenir?

¡Espero lío!
El Papa nos pide romper esquemas para que todos salgan a las calles, a resolver estos problemas y conseguir que la sociedad sea cristiana. Muchos católicos tienen miedo de cambiar de mentalidad, les parece que deben seguir como siempre, se contentan con lo que hacen sin darse cuenta que con esa actitud están poniendo dificultades para que todos salgan a la periferia.  Con su insensibilidad para esta misión hacen como el perro del hortelano, que ni comen ni deja comer.
La mentalidad del que quiere conservar un sistema obsoleto, es una cortedad del que ha perdido o está perdiendo el sentido sobrenatural y posee solo un “sentido común” antiguo, que no responde al presente. Un carro de los años 50 puede ser muy bello pero es peligroso que continúe circulando en la carretera.
“A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una perfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y se desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del evangelio”  (Papa Francisco, Evangelli gaudium, n. 40).
Si crece el amor a Dios en una persona su conducta es “como un río que se sale de madre”  (Mons. Álvaro del Portillo, 1987) e invade todos los campos para enriquecerlos. Para esto hay que dejar la comodidad y muchas cosas buenas que, en una misión de esta naturaleza, se convierten en estorbo.
La guerra la ganan los soldados cansados, que llegan sucios y rotos habiendo abandonado la mochila, los macutos, los binoculares, las armas…” (San Josemaría Escrivá, Catequesis en España, 1972).  Es el abandono de todo lo que resultaba pesado para estar ligeros. El que quiera salir hoy a la periferia debe abandonar muchas cosas para dedicarse totalmente a esa misión.
San Josemaría insistía en el carácter divino de la misión. Es Dios el que envía y hay que estar sometidos a su plan: “no somos personas que nos juntamos a otras para hacer una cosa buena, eso es mucho pero es poco, somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo”. No hay más que repasar los evangelios, allí está todo.
“Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre nueva” (Papa Francisco, Evangelli gaudium, n. 11)

Los evangelios traen desde la antigüedad la palabra de Dios y cuando se aplica todo se renueva. Ser fiel al evangelio es tener apertura para los cambios que se producen en las personas y en la sociedad,  a través del tiempo.
Del evangelio se desprenden innumerables caminos y toda una creatividad maravillosa que el Espíritu Santo suscita en los hombres. Nadie puede coger el evangelio, que es dinámico y trasformador, para convertirlo en una estructura monolítica y uniforme. La seguridad que otorga la Sagrada Escritura y la Iglesia no consiste en una “prudencia” que lleva al “quietismo” de la no intervención, sino en la “energía” y dinamismo que recibe el hombre para anunciar la palabra de Dios con audacia y valentía, a pesar de los contratiempos y con esperanza en la promesa de Jesús: “Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos” (Mt, 26)
San Josemaría jugaba con palabras para romper esquemas y transmitir criterios que a ojos humanos parecían locuras; con urgencia repetía que había que “ir de prisa, estar de vuelta y saber trigonometría” (San Josemaría Escrivá, carta a sus hijos, 1937). Era como decir: no pierdas el tiempo en objetividades, teorías, o reglamentos… cuando hay ¡mucho que hacer!, ¡cuando las almas nos están esperando!
Es lo mismo que ahora el Papa Francisco apuntala con gran acierto.
“más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: ´dadles vosotros de comer´” (Mc 6,37), (Francisco, op cit. n. 49).
Es hora de dejar de lado esos mecanismos, formalidades o sistemas, que tienen como finalidad ejercer un control sobre otros tratando de buscar un rendimiento más efectivo. Ahora importan las almas con sus particularidades. La cabeza de todos debe estar en las almas que están esperando la mano del apóstol, o misionero, como le gusta decir al Papa, para que lo acerque a Jesucristo que lo está esperando.

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